La desaparición del papel
Aunque la informática prometía llevarnos a la 'Oficina sin papel', el papel sigue allí.
Eran los 80 cuando Xerox, la empresa famosa por fotocopiadores para sacar copias en papel, anunciaba con bombos y platillos su giro hacia el concepto de "oficina sin papel" con sus nuevas estaciones de trabajo con pantallas que eran capaces de mostrar un documento, imágenes incluidas, garantizando que una vez impresas, obviamente en sus impresoras, saldría exactamente igual. Todo el sistema estaba concebido para operar en red local, pues la Internet con mayúsculas no existía. Todo era en blanco y negro tanto las pantallas como las impresoras. Además, la estación de trabajo tenía un mouse e interfaz de usuario gráfica con ventanas, desarrollado por Xerox mismo, cosa que el mismo Steve Jobs reconoció, un tanto a regañadientes, pues durante bastante tiempo Apple hizo creer, de forma ambigua, que ambos eran invento de ellos. En realidad, todo el concepto de la Macintosh había sido copiado de la Xerox Alto que Steve Jobs había visto en Xerox PARC (Palo Alto Research Center).
Se aprecia que la pantalla, que mostraba texto negro sobre fondo blanco, tenía las proporciones de una hoja de papel. El gabinete bajo la mesa contiene el procesador, que no era un micro-procesador, y el disco de 14" o 36cm, que ofrecía 2,5MB de almacenamiento, que estaba dedicado a esta única pantalla. El sistema de Xerox, con tan imponente ferretería, lo más sofisticado de la época, era extremadamente caro y de allí su fracaso. No fue hasta que Apple lo redujo, simplificó y comercializó con gran éxito, que el concepto de WYSIWYG (pronúnciese güisigüig), siglas de What you see is what you get (lo que ves es lo que consigues) llegó a los usuarios. El sistema Xerox Alto quedó solo para los libros de historia y los museos. Xerox volvió a hacer del papel, su copiado y su administración su eje central y desapareció del mercado de la informática.
El papel ha sido importante en la historia de la computación, ya sea las tarjetas perforadas tipo Hollerith, que eran las de IBM, de las que ya hemos hablado y las otras de varios otros fabricantes, o las cintas de papel como las de los teletipos, primero de 6 canales y luego de 8 canales.
El propósito del primer mecanismo de cálculo automatizado, la Máquina Diferencial de Charles Babbage de mediados del siglo XIX, era la generación de moldes de impresión para la producción de libros con las tablas numéricas que generaba.
Cuando el Museo de Ciencias de Londres quiso producir una réplica a partir de los planos existentes a principios de 1990 (la máquina original nunca llegó a construirse) el mecanismo de impresión se omitió porque era tanto o más complejo que el mecanismo de cálculo. Para el museo, lo importante era demostrar el funcionamiento del mecanismo de cálculo, la impresión no era relevante. Cuando Nathan Myhrvold, ex CTO de Microsoft, contactó al Museo para que le construyeran una copia completa para él, el museo lo convenció para que, como pago, financiara el mecanismo de impresión faltante en la máquina del Museo.
Dicho mecanismo de impresión producía moldes en una plancha de un material parecido al papel maché, sobre el que luego se podía verter plomo derretido y obtener planchas de impresión aptas para enviar a la imprenta. Babbage había analizado el proceso de producción tradicional de estas tablas y había encontrado que habitualmente se producían errores en las numerosas etapas, desde el tedioso cálculo inicial como en la transcripción de los resultados y la composición manual de las planchas de impresión. Su intención había sido automatizar todo el proceso y evitar esos errores. Así pues, la Máquina Diferencial generaba moldes en pasta de papel, para imprimir más papel. Del cálculo al libro sin pasos intermedios.
La que ahora reconocemos como la primera computadora electrónica del mundo, la Colossus británica usaba una cinta de papel como memoria principal. El propósito de esta máquina era descifrar los mensajes del alto mando Nazi, no el de las famosas máquinas Enigma, que eran máquinas portátiles que usaban las unidades de combate, sino las teletipos con encriptación automática Lorenz que se usaban entre los cuarteles generales, que tenían un mecanismo de encriptación mucho más sofisticado que la Enigma y que la Bombe de Alan Turing no podía desencriptar en un tiempo razonable.
Aprovecho para destacar que la Colossus británica y no la ENIAC de los EE.UU. fue la primera computadora electrónica como se creyó durante tanto tiempo. El caso es que Winston Churchil, el Primer Ministro Británico, vislumbraba que, acabada la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética iba a ser el siguiente gran enemigo al que enfrentarse. Era obvio que los Soviéticos iban a estudiar profundamente las varias Lorenz capturadas y que seguramente las iban a copiar y utilizar, creídos que, como ellos no lo había logrado, nadie las podría desencriptar. Hasta entonces, ni los estadounidenses ni los británicos habían compartido su capacidad de descifrar los mensajes con sus no-tan-aliados soviéticos y querían mantener esa ventaja en el futuro cuando seguramente usarían las Lorenz. Así pues, todas las Colossus fueron destruidas o desmontadas para reutilizar sus componentes en otros usos no criptográficos y los que sabían de sus existencia (que no eran tantos) comprometidos a mantener el secreto de estado durante 30 años. Obviamente, el secreto de su funcionamiento estaba en las cabezas de quienes habían construido las originales y de ser necesario podrían hacerlas aún mejores, pero al hacerlas desaparecer evitaban que cualquier indicio físico pudiera llegar a los soviéticos. Así fue como, durante esos 30 años, se creyó que la ENIAC había sido la primera y de la Colossus no se supo nada.
Aparte de la anécdota, aunque el propósito de la Colossus era muy limitado, a saber, la desencripción de la Lorenz, su diseñador Tommy Flowers, Ingeniero en Telecomunicaciones, la hizo lo suficientemente genérica como para aplicarse a otros usos.
En operación corriente, el mensaje encriptado alemán interceptado se perforaba en cinta de papel y se copiaba tantas veces como máquinas hubiera disponibles. Cada cinta de papel se cerraba en un lazo dejando un buen tramo en blanco (sin perforaciones) para que Colossus tuviera tiempo de procesar los datos de la pasada previa y prepararse para la siguiente pues la cinta nunca se detenía. Se enhebraba por varias ruedas que la mantenían tensa y por el lector óptico de alta velocidad. Así es como el lazo con el mensaje a desencriptar circulaba de forma continua, una y otra vez, por el lector. En cada pasada se probaba una de tantísimas combinaciones posibles de claves.
En las primeras pasadas se realizaban una cantidad de análisis matemáticos sobre el contenido y, como todos los mensajes tenían ciertos patrones regulares (remitente, fecha y hora, destinatario), contenidos frecuentes (parte del tiempo, estado de las unidades de combate, aprovisionamiento) y conociendo la estructura interna de la máquina Lorenz y sus limitaciones, era posible reducir las supuestamente infinitas combinaciones posibles de claves a unos cuantos miles que varias Colossus trabajando a la par podían encontrar en pocas horas tras el cambio diario de clave. En ese sentido, los informes regulares (parte del tiempo) que se transmitían regularmente, en ciertos horarios preestablecidos con un formato regular y vocabulario limitado, algo que, a primera vista podría parecer trivial, eran más valiosos para encontrar las claves del día que un texto en formato libre que podría ser más útiles estratégicamente, pero al ser más arbitrario, ayudaba poco en encontrar la clave del día. De allí en más, podían desencriptar todo el tráfico de ese mismo dia, tanto el trivial como el relevante.
La cinta de papel perforado fue el mecanismo más frecuente para la entrada/salida de información pues las máquinas lectoras o perforadoras de cinta eran de uso corriente en telegrafía. El uso de la tarjeta perforada como almacenamiento de información surgió varias décadas antes que la cinta perforada y se adaptaba al procesamiento electro-mecánico de la época. Como mencionamos en otro artículo las tarjetas, al estar sueltas, se podían ordenar, clasificar o seleccionar mientras la cinta perforada no permitía procesar información en la misma cinta, salvo en casos excepcionales como en la Colossus, pero es un medio más compacto y rápido de leer cuando lo que se busca es un medio de entrada/salida de un computador. Y un teletipo ocupa dos tercios o quizás la mitad de lo que ocupa una perforadora de tarjeta y en ese mismo espacio incluye una impresora.
Una imagen corriente en cualquier centro de cómputos grande son las mesas con ruedas para llevar cosas de un lado al otro. Pilas de tarjetas perforadas, carretes de cintas magnéticas, packs de discos removibles o kilos y mas kilos de papel en resmas de papel continuo o fan-fold, ese con las perforaciones a cada lado.
Ahora estamos acostumbrados a que nuestras impresoras puedan producir cualquier imagen o texto con tipografía de lo más variada e incluso en color. Hasta no hace mucho, esto no era posible, las impresoras tenían una única fuente determinada por la banda o el tambor de tipos que se hubiera montado. El tamaño y el espaciado de los caracteres tampoco era manejable, las letras se imprimían en una grilla fija de 10 ó 12cpi (caracteres por pulgada, inch en inglés) y la m tenía que acomodarse en el mismo espacio que la delgada i. Además, muchas veces, no contenían acentos o Ñ. Un colega mío de apellido Núñez recibía sus facturas de servicios con su nombre transformado en NU#EZ.
Los centros de cómputos solían tener lo que se llamaban impresoras de línea. Las había de 150, 300, 600 o, incluso, 1200 lpm (líneas, o sea renglones, por minuto). Eran unos mecanismos enormes que, además, hacían mucho ruido, por lo que usualmente se encontraban en recintos separados del resto del computador porque eran insoportables. Por cada renglón se disparaban hasta 136 martillos que lo hacían con fuerza suficiente para producir varias copias al carbón y suficientemente rápido para impactar y retraerse en una fracción de segundo para que el papel pudiera avanzar. Además, el papel no fluía de forma continua sino que saltaba de renglón en renglón para mantenerlo quieto mientras se imprimía uno a uno. Por eso las resmas de papel tenían esos agujeros, para poder traccionar del papel con firmeza y rapidez pues de hacerlo con rodillos por fricción el agarre no es suficiente. Aún con los gabinetes acolchados contra el ruido en que se encontraba el mecanismo, el ruido de varias de estas impresoras al mismo tiempo era insoportable.
A diferencia de una máquina de escribir corriente con sus martillos uno por cada letra, los tipos en una impresora de línea se encuentran en una banda metálica flexible cerrada en un lazo continuo donde los múltiples caracteres se repiten dos o tres veces en su contorno. La banda rueda constantemente entre dos rodillos a cada lado de la hoja y pasa delante del papel a gran velocidad. Una serie de martillos, uno por cada posible posición de impresión (132 ó 136 según el fabricante) se disparan cuando la letra deseada pasa por delante del mismo. Es un instante, la banda nunca se detiene, si el martillo no impactara rápido la letra saldría borroneada. En general, el martillo impacta sobre la cinta entintada que se encuentra sobre el papel y la banda metálica con los tipos pasa por detrás del papel pues la cinta entintada y el papel son más flexibles que la banda con los tipos y, además, son insumos consumibles. En cambio machacar la banda metálica reduciría enormemente su vida útil y también requeriría más fuerza en los martillos.
Allí también se encuentra la explicación del por qué Núñez se convierte en NU#EZ. Las bandas venían en dos versiones base de 64 ó 96 caracteres. La banda de 64 no tiene minúsculas, solo mayúsculas, números y símbolos, la de 96 incluye las minúsculas. En la banda de 64, las letras se repiten 3 ó 6 veces a lo largo de la banda mientras que en la de 96 se repiten 2 ó 4 veces. Dado que en la de 64 las letras pasan con más frecuencia frente a cada martillo, la velocidad de impresión resulta mayor. La velocidad de impresión, por ejemplo 600lpm, se especifica con la banda de 64, con la banda de 96 se reduce a 400lpm.
Las impresoras más rápidas usaban un tambor con los caracteres grabados en todo su contorno. Esos tambores del mejor acero, de unos 40cm de ancho y 10 a 15 cm de diámetro según fuera de 64 ó 96 caracteres, tenían 136 bandas con los 64 ó 96 caracteres en su contorno. Pesaban muchísimo, el manual de mantenimiento era muy detallado en el cuidado que había que tener para manejarlo porque, dado su peso, podría lesionar a los técnicos, plural, porque no había forma de que una sola persona lo pudiera montar o cambiar. Las bandas estaban desfasadas unas de otras. Nadie querría que si se imprimiera, por ejemplo, un renglón lleno de guiones todos los martillos se disparasen al mismo tiempo pues implicaría un pico de consumo eléctrico. Por la misma razón los números, que es lo que más se imprime, no estaban contiguos unos con otros sino distribuidos intercalados entre las letras, para distribuir mejor los picos de consumo eléctrico.
Cada tambor costaba un montón de plata. Los tambores especiales o, para el caso, las bandas especiales costaban aún más. ¿Qué era especial? Los que usaran caracteres especiales como, por ejemplo, la Ñ. También eran especiales las vocales acentuadas o la u con diéresis pues, imprimir la vocal base y su acento o diéresis haría que cada línea se demorara un poco más. Dado que la mayoría de los proveedores de grandes sistemas que se instalaban en el país eran de los EE.UU., las cintas o tambores con el US-ASCII más básico eran los (relativamente) más baratos.
Y así queda desvelado el misterio de por qué NU#EZ.
Luego tenemos las resmas con papel pre-impreso. Las impresoras sólo producían letras, números o símbolos, no podían imprimir el formulario en si. Así pues, un centro de cómputos tenía que tener en su inventario resmas de papel pre-impreso para facturas, remitos, sueldos, pedidos, extractos de cuenta y todo el tipo de papelería que se pudiera necesitar. De allí las mesas con ruedas yendo de un lado para el otro cada vez que se iniciaba un nuevo proceso. Además de las cintas y packs de discos, que había que cambiar entre un proceso y otro, había que retirar lo que quedara de las resmas de papel pre-impreso del proceso previo y montar las resmas del nuevo.
El diseño de estos formularios tenía también su arte. El interlineado y los caracteres por pulgada eran fijos así que el formulario debía adecuarse a esta grilla fija. Si se necesitaban múltiples copias se podía usar papel de múltiples capas con carbónico entre medio o, si sólo son dos copias, se podía partir la hoja de 132 columnas al medio e imprimir ambas copias en una sola hoja una a cada lado o, simplemente, imprimir dos o más páginas una detrás de otra. Había que evaluar el coste de cada alternativa, el papel multicopia era más caro, el troquelado para partir las dos mitades también tenía su costo. Imprimir dos o más veces lo mismo reducía la velocidad de impresión. A su vez, el carbónico podía no ser continuo. Por ejemplo, una factura y un remito contienen básicamente la misma información pero el remito no tiene los precios porque al transportista o al empleado de almacén no le concierne lo que los precios que la empresa negocie. Entonces, el carbónico podría tener ventanas sin tinta para que algún dato en la hoja de adelante no se copiara en la hoja de detrás.
Mayormente el ruido de estas impresoras ha desaparecido. En proporción al volumen de datos que actualmente se maneja, la impresión se ha reducido y se hace en máquinas más parecidas a fotocopiadoras que a mecanismos de impacto. Mucho está distribuido, impresoras personales o de oficina se pueden encontrar operando silenciosas en cualquier rincón. Y para grandes volúmenes de impresión se puede subcontratar a empresas que se dedican a eso, que reciben la información a imprimir por internet, lo imprimen, cortan, ensobran y despachan a sus destinatarios por courier. Más aún, los mismos centros de cómputo están desapareciendo de las empresas que contratan capacidad de procesamiento en línea sin tener que preocuparse por mantener y operar su propio sistema.
En un tour por Asturias, al circular por la Autovía del Cantábrico el guía nos señaló lo que la gente de la zona llama "el bunker del Santander" posiblemente imaginando la cueva de Ali Babá o toneladas de riquezas similares. Por la seguridad del entorno se nota que guarda objetos valiosos. Imagino, sin embargo, que los valores que guarda no son oro o piedras preciosas sino papel. Cientos de miles de copias de contratos de apertura de cuentas, o de hipotecas u otra documentación que el banco está obligada a guardar por un tiempo marcado por ley más allá del vencimiento de la obligación. Todas esas toneladas de papel, nuevamente, más y más papel, son valiosas para el banco pero no tendrían valor alguno para nadie más. No son un botín salvo para los Botín
Cierro con un par de anécdotas.
Prever cuántas resmas de cada formulario pre-impreso se requieren en cada ciclo presupuestario no es fácil, especialmente en un centro de cómputos nuevo. Es así como en cierta entidad pública que permanecerá anónima, habiendo consumido más papel de cierto formulario de lo originalmente previsto tuvieron que encargar más resmas con el singular requerimiento que en la factura apareciera como papel higiénico, pues en esa partida presupuestaria todavía tenían fondos.
Cuando se acercan las fiestas es tradicional en los centros de cómputos guardar los chips, los pequeños rectángulos de cartulina que se perforan en las tarjetas para lanzar al viento por las ventanas o, entre los mismos empleados. Recuerdo, de cuando tenía pelo, pasar dos o tres semanas después de las fiestas encontrando chips en el peine. También se guardaban los viejos listados en papel continuo. Lanzadas por una ventana desde un piso alto, se forma como una enorme serpentina que vuela elegante por el aire. Sin embargo, hay que tener en cuenta que mientras en la serpentina se sostiene la punta y se lanza el rollo de papel, en el caso de la resma de papel continuo se deben lanzar unas pocas hojas y dejar que estas vayan desplegando al resto, de lo contrario, la resma caerá como una piedra llegando al suelo sin haber llegado a desplegarse. Se puede matar a alguien con la gracia esa.